Érase una vez (V)

Tatum O´Neal

Dicen que los Golden Globe Awards son la antesala de los Oscar. De hecho, un canal británico de TV dedicado a reposiciones de cine clásico, ha programado hasta el  26 de febrero varios films que han recibido el premio.  Ahí hemos tenido la suerte de volver a ver: Luna de papel (1973) de Peter Bogdanovich, donde la pequeña Tatum O´Neal recibió el Oscar ala MejorActrizde Reparto (siendo la actriz más joven en haberlo recibido). Se dice que, muchos actores adultos rechazan papeles en los que tienen que compartir protagonismo con niños actores porque, seguramente, su enorme fotogenia les “robaría plano”.
 
Aportamos hoy una historia donde la ingenuidad y belleza de una niña aparecen de modo fugaz pero inolvidable. Y, unos oportunos versos de Emily Dickinson  ( Amherst-Massachusetts- EEUU,  1830-1886).
 
ÉRASE UNA VEZ  
 
En el río que pasa por su ciudad, hay escasos pero hermosos tramos de playa por donde poder pasear. En uno de esos paseos, cansado de caminar, se sentó sobre la arena para poder extasiarse con las caprichosas formas de las nubes deshaciéndose a causa de un vientecillo del sur, y avistar los pajarillos rebuscando ramitas para sus nidos. Desvió la mirada hacia otra parte y reparó en un perro, uno de esos perros maltrechos que aparecen de no se sabe dónde; tenía las costillas labradas en la piel, con una pata en carne viva a causa de alguna pelea y una mirada melancólica. No pudo menos que levantar la mano hacia él dirigiéndole alguna palabra en tono de confianza. El animal, sorprendido, no tardó en colocar su cabeza bajo la mano amiga.
La tarde y el cansancio fueron apaciguándose. El algodón de nubes fue arrebujándose en grandes pelotas que dejaban el sitio a un intenso plácido azul. Mientras, sintió el sol mucho más fuerte sobre su piel y que el viento se había tranquilizado hasta convertirse en un matiz del silencio.
Se giró de nuevo, y encontró unos ojos negros, que le miraban con lo que supo con certeza que era curiosidad, nostalgia y amor, o posiblemente una mezcla de los tres. Quiso decirle que sentía lo mismo, que había descubierto su secreto, pero pensó que a su leve altura vital aún no podía ser conciente de ello.
-          “¿Escuchas el río?”, le preguntó.
Sacudió la cabeza y parpadeó varias veces para cerciorarse de que no estaba alucinando y se encontró con una preciosa niña de ojos negros que seguía esperando una respuesta.
-          “Sí”, contestó.
-          “O sea que, hablan”, dijo la niña con satisfacción.
“Los ríos hablan…”. Había una ligerísima pregunta al final.  Y, se pensó dos veces la respuesta.
-          “A veces. Hay que… saber escuchar”. Le siguió contestando.
La niña escuchó durante un rato. Luego, algo desvió sus redondos ojos hacia la arena, y luego, más allá, sobre el río, otro algo, y otro algo más y así sucesivamente, hasta que quedó atrapada en esa acuosa palpitante retaguardia que hipnotiza al ver correr el río. Y siguiendo ese persuasivo algo se fue alejando de allí.
Siguió con la vista al perro en su carrera tras la niña, y al otro lado de la playa, a varias docenas de pajarillos que se habían buscado ya un sitio, y a otros cuantos que lo seguían buscando desde el aire. Deslizándose por la brisa tibia de la tarde, recortados sobre el cielo sosegado, los gritos de los pájaros no eran ya de búsqueda desesperada de ramitas, sino de mero chismorreo vecinal, todo lo más crónica de viaje reciente.
Alcanzó a ver a la niña y al perro corriendo juntos y alegres hacia los pájaros, y éstos alzándose en el aire con escándalo, más por darle gusto a sus rastreadores, que por auténtico instinto de alboroto. Para cuando el sol se hundió más allá de la inmensa línea del horizonte, sólo se oían los gozosos ladridos del perro y los lejanos gritos de los pájaros, con  los que la niña jugaba a espantar girando los brazos abiertos, batiéndolos una y otra vez, una y otra vez. Quiso salir del soporcillo y contemplar el cuadro de nubes desparramadas en el enorme cielo azul, a las que el viento sur aún perdonaba su definitiva extinción. Ya se sabe lo que son las nubes y el viento de la tarde, capaces de componer hermosos cuadros.
Por nuevos tránsitos, pasarían otras tardes y otros vientos, en los que, seguramente, el río de su memoria, dejará esbozados aquellos redondos hermosos ojos negros. 
 
__________________________________________________
 
Diré cómo el sol nació-
en cintas sucesivas-
las cúpulas nadaban en amatista-
la noticia, corría como ardillas-
las montañas desataron sus copetes-
los pájaros cantores –comenzaron-
me dije silenciosamente a mí misma-
¡eso habrá sido el sol!
Cómo se ocultó  -no lo sé-
parecía un cerco de púrpura
que diminutos niños y niñas amarillos
trepaban continuamente-
hasta que llegaron al otro lado,
un clérigo gris-
levantó suavemente las barreras del alba
y condujo afuera la majada-.
 
                                                                              Emily Dickinson.

Emily Dickinson

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